MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del poeta y traductor José Miguel Domínguez Leal

domingo, 29 de noviembre de 2009

BLÓGICA




Al parecer en las últimas convocatorias de algunos premios literarios, aparte de exigir que la obra presentada sea inédita, se añade la coletilla de que lo sea también en la Red. Esto, blógicamente, me plantea un dilema: ¿sigo o no colgando poemas míos en mi blog? El mismo buen amigo que me aconsejó crear un blog, me animó también a presentarme a concursos literarios. Presenté, pues, un libro de poemas titulado más o menos como este blog que leéis, donde incluía una selección de poemas anteriores a 2001, y los poemas que he escrito desde octubre de 2007, tras años de mutismo. Pero ya me estaba cansando de esto, y tras conocer los sucesivos fallos (un 90% de poetas ya reconocidos) me encontraba cada vez más cara de tonto por las mañanas en el espejo (J. M. Ridao lo ha expresado de manera magistral en una de sus "preguntas con respuesta": "¿Qué ganas presentándote a un premio sin padrino? Que te agarren to el pepino"). Vanitas vanitatum. Así, que me decidí a abrir este blog donde, con toda blógica, me proponía, básicamente, dar a conocer mis poesías, antiguas y recientes a quien quisiera leerlas. ¿Debo, insisto, dejar de colgar poemas aquí? Los poetas ya éditos que tienen blogs disponen, lógicamente y con todo mérito, de las vías tradicionales para publicar sus creaciones. Pero en mi caso, ¿no acabará convirtiéndose el blog, con una blógica implacable, en una especie de gueto dorado donde mirarse el ombligo? Tras mucho reflexionar, este pensamiento me parece iblógico, ya que siento que el blog te proporciona algunas recompensas inesperadas, como el ver que conectas anímicamente con gente antes desconocida como Paco, José Miguel y Aurora, y transforma tu rutina creativa de un modo insospechado (en el nuevo libro de poemas que escribo desde este verano, dividido en secciones, la última se llama así, 'blógica', y contiene los poemas que he compuesto desde que tengo abierto el blog, y que, blógicamente, podéis leer aquí). Concluyendo, pues, considero totalmente blógico prescindir de los concursos literarios, y hacer lo que me más me guste, pidiendo, en todo caso, y como se hacía en la comedia antigua, que aplaudáis al final si os gustó.



REENCUENTROS




Esta mañana he visto en misa a una mujer que no veía hace mucho tiempo (debo confesar, amigos, que soy católico y sentimental, aunque no marqués). Estaba en el coro junto a su marido y a los que creo que puedo identificar como sus hijos. Me sentí de pronto trasladado a mi adolescencia. Cada vez que veía a esa chica sólo sé que me daba un vuelco el corazón; estaba enamorado de ella. Sin embargo, nunca me acerqué a ella, por dos razones: mi honda timidez de la época, y el hecho de que casi siempre la veía acompañada del que ahora es su marido. No ha cambiado mucho de como la recuerdo, con su largo cabello rubio y su expresión risueña. Se me encogió el corazón y me puse a pensar que si la hubiera conocido entonces, me podría haber ahorrado quizás muchos tumbos y sinsabores posteriores (las relaciones tormentosas dejan cicatrices que, al igual que las físicas, molestan a veces con el cambio de tiempo). Este pensamiento me pareció luego fútil: quizás yo no hubiera sido capaz de hacerla feliz (¿cómo iba a hacerlo, si era incapaz de realizarlo en mí mismo?). No hace mucho, relativamente, que he vuelto a la práctica religiosa, después de muchos "años de peregrinaje". Tal vez no merecía ni una guía ni un ejemplo como esa chica. A medida que transcurría la misa empecé a sentir junto con la tristeza una extraña sensación de alivio que todavía no me puedo explicar. Acaso estaba delante de una lección de humildad para mi fe, que algunas veces siento que abrazo más como una bandera que como una fuente de vida. Al final de la misa, el marido, que dirigía el pequeño coro, dijo el número de un salmo para cantar. Fui uno de los pocos que cogió el librito y cantó con ellos (esa es otra, la actitud de muchos fieles: debo hablar en otra entrada de la magnífica película El silencio antes de Bach, en una de cuyas escenas se ve a Bach en su escritorio con un texto donde se leía: "cantar es rezar dos veces"). Era lo que debía hacer, lo único que podía hacer, salvo desear estrechar la mano de ese hombre.

jueves, 26 de noviembre de 2009

ENTRE AMIGOS




Estuve hace unos días cenando y tomando copas con unos amigos. Lo pasé realmente bien con la compañía, aunque, como otras veces, de vuelta a casa, me invade la insidiosa sensación de un no sé qué que me ha faltado. La amistad no es ciertamente la misma en las distintas épocas de la vida. Cuando haces amigos pasados los 30 siempre va contigo una barrera o rémora de intereses y rasgos inveterados de tu personalidad, una carga de "historia personal" que te impide abrazar apasionada e incondicionalmente al nuevo amigo. Hay una especie de zozobra y de pudor, como si temieras perder algunas de tus posiciones conquistadas en la construcción de tu ego. En plena juventud uno se entregaba sin condiciones -o casi-, pasabas horas o días enteros con el amigo intentando entre ambos invocar aspectos insospechados de la realidad en conversaciones al filo del abismo. Quien no haya conocido esa especie de vértigo no creo que pueda decir que ha tenido amigos, sino más bien conocidos. Como el buen vino, esa amistad madura, supera vicisitudes, incomprensiones, y mutuas miserias, y, al final, se presenta como un tesoro más fiable que el propio eros. Es algo que me parece que los amigos recientes no te pueden proporcionar por mucho que los aprecies o incluso los quieras, tal vez porque te falta esa perspectiva del tiempo que es verdaderamente la medida de todo lo que importa en esta vida.

martes, 24 de noviembre de 2009

ÚLTIMO DÍA EN SOLARIS



In memoriam patris

Dora el sol de la tarde las cúpulas espejeantes,

y me escamotea el amor el recuerdo de su mirada.

Entre reflejos y culpas recorro la nave en penumbra.

Lejos del cielo y la tierra espero nuevos milagros:

la redención de lo verde y azul, cenizas, palabras.

Vislumbro un islote que surge de este mar pensativo.

Cae la lluvia sobre los recuerdos, dentro de casa,

mientras rehago el sendero que me devuelve a mi padre.

lunes, 23 de noviembre de 2009

MÚSICA Y TOROS





Leo en el blog de J. M. Ridao que ahora duerme menos. Así, me veo yo ahora, al borde de medianoche, muerto de sueño, y, no obstante, con el "mono" de escribir algo. Esto del blog está cambiando mis hábitos, aunque no sé todavía calibrar cómo. La música, ciertamente, está llenando estos últimos días. Aprovecho la celebración del VII Festival de Música Española para asistir a conciertos que el resto del año no se programan en esta ciudad de provincias, mucho más pendiente de los siete toros que se le escaparon al Mr. Marshall de turno por poner burladeros de atrezzo (Cádiz no es Pamplona, ni encontrará quien lo cante). El domingo pude disfrutar del concierto que ofrecieron los hermanos pianistas Víctor y Luis del Valle. Gocé mucho viendo sus caras de embeleso y picardía interpretando a cuatro manos una sonata de Mozart, como atrapados en una infancia que resucita en el ambiente moroso y juguetón de un andante. Lo único malo fue que al ser gratis el concierto (con invitación), había gente que se ponía a hablar durante la actuación (la gente es desdichada -hacía decir Andrew Holleran a uno de sus personajes- porque ha perdido la capacidad de prestar atención-), o a beber y a comer..., pues si hay que pagar, aunque sea 12€, uno se encuentra en el Falla con menos de medio aforo, como esta noche. Disfrutad, si podéis, de esta música.

sábado, 21 de noviembre de 2009

LOS VISIONARIOS (I). EL CONCIERTO DEL FIN DEL TIEMPO

Es conocida, creo, la génesis del Quatuor pour la fin du temps ("cuarteto para el fin del tiempo") del músico francés Olivier Messiaen (1908-1992), una de las cumbres de la música de cámara de todos los tiempos. Prisionero de guerra en 1940 en el campo de concentración Stalag VIII A en Silesia, compone y estrena, gracias a la ayuda de un guardia melómano, su cuarteto en un barracón del mismo campo en enero de 1941 con otros músicos prisioneros y con instrumentos de fortuna, entre ellos, un desvencijado piano vertical en el que ejecutó Messiaen como solista. La obra estaba inspirada en el Apocalipsis, cap. X, y en ella resuena el canto de los pájaros, que Messiaen amaba con pasión como a una especie de avanzadilla celeste.



EL CONCIERTO DEL FIN DEL TIEMPO


o Visión alucinatoria del estreno mundial del Cuarteto para el fin del tiempo de Olivier Messiaen en Stalag VIII A en enero de 1941

Tempus erit non amplius (Apoc. 10, 6)


Hace frío y nieva con fuerza esta noche incipiente

fuera del barracón que nos hace la vez de teatro.

Los prisioneros ocupan las sillas. Puedo sentarme

no lejos de la primera fila, repleta de guardias.

Algunos ladridos lejanos protestan por el bullicio.

Veo el piano recto, de aspecto desvencijado,

como su fin esperando entre improvisados atriles.

Ya aparecen los músicos con uniformes de campo.

Destacan los fuertes aplausos, en pie, del guardia melómano

que al autor ha proporcionado lo necesario

para escribir su obra y llevarla esta noche a su estreno.

Contrastan la siempre afable expresión del violonchelista

con el huidizo perfil taciturno del violinista.

La viva mirada del clarinetista judío, que listo

parece a salir corriendo con su instrumento debajo

del brazo en cualquier instante, escolta al piano los pasos

del compositor. Recuerdo haberlo visto este otoño,

junto a la doble alambrada, atento al canto de pájaros,

exploradores audaces, que el alambre de espino

pulsaban apenas durante su vuelo vertiginoso.

Cierro los ojos. Escucho de nuevo su canto, que anuncia

un amanecer del dulzor del cristal. Sobrepujan los trinos.

Con la luz y el calor enrojecen por dentro mis párpados.

Nunca creí que así fuera a ser el día del ángel,

y del torreado arcoiris que el fin del tiempo señalan.

Desde la hondura abisal de los siglos el canto de un mirlo

se expande y modula en un dolor prolongado y rebelde:

Éste vive el secreto de un verano sin límite,

y trae sus primicias sobre el campo y sus presos.

El clarinete me hunde en la angustia de ese inconcebible

final, de esa liberación que sólo esperar no es dado.

Truenan las trompetas, y los arcoiris se comban.

“Ya más tiempo no habrá. -dice el ángel al coro de pájaros-

Nada será su abismo de muerte y pasión desolada”.

Abro los ojos. Percibo el frío de nuevo. La fiebre

tienta mis huesos. La eternidad, una pobre metáfora.

Siento que las estrellas se van apagando una a una,

al tiempo que este violín que por mi esperanza perdura.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

UTIEMBRE




En el ABCD de la semana pasada leo un poema del escritor italiano Daniele Gorret llamado Utembre, "Utiembre" que no me resisto a reproducir en parte (traducción de María José Calvo Montoso): "[...] Recuperarse es certeza, costumbre antigua. / Pero para los poetas hay un tiempo intermedio. / Ya que a los poetas les toca la dilación, ese placer moroso. / Hay una hornacina de hechos en el tiempo / guardados para quien del tiempo es amigo sensible. / A ese cubil hace tiempo que lo llamo utiembre. / [...] Así lo he querido escuchando a los poetas; / así desde hace años lo espero y lo cultivo".
Es como si Gorret hubiera encontrado una palabra exacta -privilegio de poeta- para definir ese tiempo más oblongo y misericorde al que me refiero en la entrada MAÑANA DE DOMINGO, y de cuya escasez y estado de sitio me quejo en TARDE DE VIERNES. Sí, somos amigos sensibles (sensibili amici) del tiempo; intentamos exprimir de él algo que a muchos está vedado, una vislumbre, una sospecha, una "raja entre los mundos" que decía el don Juan de Castaneda; alguna cosa que nos eleve, aunque sea un pobre instante, sobre la corriente de lo que fluye en tiempo, y en tiempo nos mide. Tenemos hambre del no-tiempo, y esta búsqueda a veces inconfesada me parece en sí una forma de redención.

lunes, 16 de noviembre de 2009

LOS EMBOSCADOS




Una humedad frondosa recubre

la noche muy anticipada de otoño.

Bustos de próceres en muchedumbre

jalonan mi paso de inútiles logros

en esta alameda donde se recluyen,

pues entre las ramas quedaron absortos.




sábado, 14 de noviembre de 2009

NOTICIAS DE ITALIA




He recibido un correo de Patrizia de Corso, una de las mejores especialistas en el autor renacentista Teófilo Folengo, de quien ha editado La Palermitana y cuya bibliografía mantiene actualizada en las sucesivas y meritorias ediciones de su Schedario Folenghiano. Mantengo correspondencia con ella hace varios años. Patrizia tiene la amabilidad de hacer reseñas en su Schedario de mis artículos, y le envié, cuando salió a la luz en 2007, un ejemplar de mi edición de la descripción de Verona de Torello Saraina, tema de mi lejana tesina. Ahora me anuncia que ha publicado una reseña sobre ella en el Giornale Storico della Letteratura Italiana. Estas recompensas no dejan de tener algo de pírrico. Siento mi actividad de investigador, a la que no puedo ciertamente dedicar mucho tiempo ni energías aunque quisiera, como eflorescencia de una vida paralela que otro yo estuviera viviendo por mí en una existencia quizás más cómoda e inane. ¡Tan alejada está de mi vida cotidiana como funcionario de la Educación Pública, tan complaciente con el mínimo común intelectual! Deviene, así, una especie de deuda inmotivada con algo que no fue, y que no deja de producirme cierta melancolía y encogimiento de hombros, junto a la conciencia de una ciega generosidad, como la del deportista que sigue dando al máximo a pesar de saber que ya tiene en sus manos la victoria o... la derrota.


POETA MINOR



Salió mi primer libro, bella edición de Torello Saraina,

sorpresa retrospectiva, y orgullo de un duro trabajo.

De mis poemas habría querido que fuera ese libro,

tercos supervivientes en cuadernos ajados

a olvidos, desprecios, crisis de baja estima, y mudanzas.

Quise ser poeta de joven. Adolescente,

llenaba cuartillas con poemas y cuentos. No había

necesidad de justificación para tales versitos.

Luego, sufriente, me volví hacia mí mismo. Cada

verso del afán de conocimiento nacía,

y del dolor de vivir. Perdí la confianza en mi suerte:

Ya no eran los versos destino sino más bien circunstancia.

La poesía volvióse diario, y largo silencio,

hambriento de amor y de normalidad. Zarpazos y besos

me han dado. Pero renace la vieja ansiedad y el deseo

de dejarse llevar y de ser instrumento de voces

que inédito parto son sólo en parte de éste que escribe.



viernes, 13 de noviembre de 2009

TARDE DE VIERNES



A veces uno siente la tarde de viernes como un espacio perdido, un tiempo desaprovechado. Terminas muy contento sobre las 3 de la tarde el trabajo, pero el cansancio te vence en la siesta, y te levantas sobre las 6, muchas veces desorientado. ¿Qué hacer? Es el vértigo de la libertad, que a tantos seres humanos disgusta. Casi sin darte cuenta son las 9 de la noche, y cae sobre ti el cansancio acumulado de una semana. Esa especie de "nuevo comienzo", como decía el protagonista de Apocalypto, se ve así frustrado. Lo mejor son las mañanas del sábado y el domingo, donde me dedico a lo que no hago durante la semana, y donde el tiempo parece darte un poco de tregua y se vuelve dulce la rutina (véase mi entrada MAÑANA DE DOMINGO). La tarde de domingo vuelve a ser un poco como la del viernes: aunque intentes apurarla al minuto, siempre subyace la melancolía del lunes recurrente. Ocurre, así, que nuestras rutinas se alían con la aceleración del tiempo vivido para crearte la sensación de que te están robando algo, de que estás haciendo el tonto no ocupándote de algo, de algo que no sabes muy bien qué es porque no encuentras tiempo para pensar en ello, y no te queda otra defensa que reticularte aún más ese tiempo, sobre todo si quieres leer libros todos los días... Aun así, la vida se escapa, supura por las rendijas de esta vida rutinaria, atada a un trabajo, a sus circunstancias, y a las servidumbres de nuestra condición de seres en espacio-tiempo... y quizás por eso sentimos la poesía como una mano abierta en el vacío...

domingo, 8 de noviembre de 2009

LA ROMA DE LOS POETAS

En el ABCD encuentro una entrevista de Antonio García Berrio a Guillermo Carnero sobre su libro "Noches romanas". Éste explicita su relación con la ciudad: "He venido a Roma muchas veces, y me ha hecho sentir siempre la misma emoción. Es una ciudad en la que se camina con angustia sobre la evidencia del tiempo; una ciudad que se ha destruido y devorado a sí misma muchas veces, cuyos restos han sido digeridos interminablemente a lo largo de los siglos [...]". Ante esta declaración, Berrio estima necesario expresar sus "diferencias emotivas" con Carnero: "Para mí, de entre todas las ciudades fundamentales de Europa, Roma es la que me inspira, curiosamente, más serena reacción ante el tránsito y el final de los tiempos absolutos [...] las piedras, la esencia espiritual construida de Roma, permanecen como testigos intactos de las vidas individuales". En mis visitas a la ciudad he rozado ambos sentimientos al mismo tiempo. Se es allí, ciertamente, más consciente de la entraña y, por así decirlo, de la "materialidad" del tiempo, que, para mí, en contra de Carnero, no se manifiesta en forma de destrucción y depredación, a imagen de Cronos, sino en la superposición de capas, que en muchos lugares crea una atmósfera muy peculiar; y ese sereno espíritu de piedra amasado en tiempo moroso (imposible de hallar, por ejemplo, en la bella -pero fría- parafernalia laica de París, que no deja de estar anclada en lo decimonónico) me parece lo más cerca que puede sentirse uno de la eternidad, entendida como añoranza de un tiempo absoluto concebido a la manera humana.


ROMA



Sorda marea de rocas constantes,

rúbrica inversa de sórdida siembra,

donde el futuro es pasado creciente;

por entre capas de tiempo solemne

respiras un aire que piedra se sueña.



HÉRCULES CAPITOLINO



Recorro el museo y su vocación de almacén del pasado,

que obvia la angustia que causa el espacio

menguante. El bronce dorado del Hércules capitolino

brilla en sus ojos de viejo demonio desenterrado.

Mudo testigo de grises atardeceres, de sombras

fugaces, ajenas quizás al tiempo que las alargaba,

me ignora sin ironía sobre este altar impostado.





viernes, 6 de noviembre de 2009

OBRAS COMPLETAS




A A. Monterroso y P. A. Cuadra


Cuando te sientes desnudo,

camino de Babilonia,

vislumbras destellos perversos

que deja atrás la memoria.

Perdiste tantas batallas,

cieno de tibia discordia,

que la esperanza larvada

se queda sin escapatoria.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

RUE SAINT-JACQUES

A veces la memoria más desgarrada exige escenarios y ámbitos que alivien su pena, y esta reconciliación de espacios y tiempos diversos sólo la puede ofrecer la poesía...





RUE SAINT-JACQUES




La fría noche de ese noviembre en París atería

las luces del alumbrado público. Un hombre se mete

en la acristalada cabina de France Télécom, y, de pronto,

suena el teléfono de la caja metálica. El hombre

duda un momento, y descuelga el auricular. Una ansiosa

voz masculina pronuncia un nombre que femenino parece.

El hombre le aclara el error, y la voz, azorada, le pide

disculpas, y, por favor, le pregunta si no tiene cerca

de la cabina una chica rubia, como de treinta.

El hombre amablemente le dice que no. La cansada

voz le explica que había quedado en llamar a la chica

al número de esa cabina, siguiendo sus indicaciones.

Mientras escucha, el hombre ve, sin mirar, su contorno:

A su izquierda, la esquina de Abbé de l’Épée con sus piedras

frías y ajenas. Sobre su misma acera, a poquitos

pasos, la recoleta iglesia tan bella en la Pascua;

a su derecha, cruzando la calle, vislumbra las luces

del restaurante de la esquina, jamás visitado,

la panadería artesana, y la floristería de sobrias

rosas y cincelados pétalos. “Es extranjera”

-dice la voz- “vive en rue Saint-Jacques, ¿de allí queda lejos ?”

El hombre responde: “no, señor, no se encuentra muy lejos”.

La voz vacila, como si algo fuera a pedirle.

Breve silencio. El hombre escucha lo que le parece

gemido y adiós macilento. “Adiós, señor”, le responde,

y mira perplejo el teléfono, como si calculara

cuánto le tomará olvidar el suceso, y un número

marca con la seriedad decidida del parisino.





martes, 3 de noviembre de 2009

BRINDIS A UNO MISMO





No dejo de sentirme incómodo cuando alguien que no conozco me llama por mi nombre de pila. No acabo de encajar esa falsa intimidad intrusiva, me pone en guardia. Recuerdo que cuando estaba en el colegio los chicos nos llamábamos por el apellido, incluso cuando nos peleábamos ("lo llamé por su nombre, y su mal nombre", decía el poeta modernista). Ahumada, Ponce, Alvarado, Roldán, Retamosa, Gutiérrez, Díaz, Morales... parecíamos una escuadra de Hernán Cortés. De muchos de ellos no recuerdo el nombre propio, -"propio", extraña expresión, ¿no les es acaso tan propio el apellido?-. En los recreos los chavales se entregaban a juegos brutales (el magüiti, el zafo, el contra, el hombre inmóvil, formar una fila de tíos inclinados, agarrados por la cintura, y apoyada en la pared, sobre la que iban saltando tíos hasta que se hundía...), pero luego en las clases se estaba a lo que había que estar. Cuando estábamos en 8º de EGB íbamos en clase de plástica al instituto de bachillerato adscrito, y nos quedábamos embobados como pipiolos viendo a aquellas chicas de pantalones vaqueros ajustados y largas melenas sin mechas... de ellas sí nos interesaba averigüar el nombre de pila... En la actualidad, hay ocasiones en que me siento extrañamente aliviado cuando me llaman por el apellido: el quiosquero, antiguo amigo de mi padre, que me saluda: "Domínguez, ¿cómo estás?"; el compañero de trabajo que, bromeando, me dice: "Que no te enteras, Domínguez", demostrándome más afinidad que cuando me saluda por las mañanas como "José Miguel"; el otro compañero que, un día que me hallaba "depre" me interpeló en una guardia diciéndome: "Domínguez, tenemos grupos de cubrir", y que extrañamente me levantó el ánimo para todo el día. Me gusta perderme en la marea mediana de los Domínguez, y sentirme el humilde eslabón de una cadena inmemorial que me sobrepasa. Un brindis, pues, por aquéllos que continúan viviendo de alguna manera en mí, y sobre cuyos hombros me siento reconfortado.

lunes, 2 de noviembre de 2009

RESURRECCIÓN

                                                   A Fernando Abad Testa




En un día como hoy pienso que un cristiano debe meditar en la resurrección. En su ensayo Los milagros, C. S. Lewis llamaba la atención sobre el hecho de que la mayoría de los creyentes albergan en su imaginación un cielo abstracto habitado por hueras entidades espirituales (lo que concuerda en gran parte con el infierno clásico que nos presentan, por ejemplo, la Odisea y la Eneida). Esto, según dice Lewis, se aparta plenamente de la promesa cristiana de la resurrección de la carne. Es, incluso, el mensaje angular del cristianismo. Si no hubo resurrección vana es nuestra fe, vino a decir san Pablo. Señala Lewis que, en gran medida, la primera predicación cristiana es realizada por testigos oculares de este prodigio que aún vivían en la segunda mitad del siglo I d. C. Esto puede explicar la redacción relativamente tardía de los Evangelios, ya que lo importante era dar testimonio de la Salvación traída al género humano por el Primero de los resucitados (el arte occidental, renacentista, y sobre todo, barroco, nos ofrece un bella colección de cadáveres relacionados con la Pasión, pero muchas menos imágenes -y convencionales- del Adán de esa nueva carnalidad misteriosa). Ahí va un poema dedicado a mi buen amigo Fernando, viejo compañero de inquietudes vitales. Lo he escrito en tetrámetros (lo sé, José Manuel, lo sé) dispuestos en octavas reales asonantadas, estrofa que no había frecuentado nunca -influencia, creo, de mi lectura de Mil años de poesía europea, de Francisco Rico, excelso libro en su doble variante de antología de poetas y traductores-.


RESURRECCIÓN




Las horas fluyeron inmisericordes.

La tierra que empapóse de sangre

se cubre del polvo que llega de golpe

tras el viento que arrastra los ayes.

Las malas nuevas corrieron veloces,

desilusión de pasiones inanes.

Seguían la vida y la muerte su curso,

bajo anuencias de viejos adustos.



La sábana inerte, las lúgubres moscas,

el triste jadeo de la comitiva

que avanza, y huye de sí, presurosa

hasta el sepulcro de piedra corrida.

Su cuerpo arrasado quedó entre sombras:

Un inocente que a otros dio vida.

Su epitafio sería el de tantos

que a cambio de nada se sacrificaron.



El escarabajo y el caracol

dormían su sueño de podredumbre

en la húmeda tumba sin sol;

la noche enredaba sus certidumbres.

Al cabo, el aire en suspenso quedó,

y el abismo del tiempo llenóse de luces.

Se hizo luciérnaga aquella mortaja,

capullo intacto que hueco quedara.



Gloriosa primicia de los resurrectos,

cuerpo que es y no es, de la muerte

por siempre librado, inmune a sus ecos,

dulce amigo que todo lo vences,

flor de Creación renovada en lo eterno,

¡líbrame de la angustia que llegue!

¡déjame que estreche tus manos,

que ahuyentan las sombras de cielos cansados!