MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del poeta y traductor José Miguel Domínguez Leal

lunes, 2 de noviembre de 2009

RESURRECCIÓN

                                                   A Fernando Abad Testa




En un día como hoy pienso que un cristiano debe meditar en la resurrección. En su ensayo Los milagros, C. S. Lewis llamaba la atención sobre el hecho de que la mayoría de los creyentes albergan en su imaginación un cielo abstracto habitado por hueras entidades espirituales (lo que concuerda en gran parte con el infierno clásico que nos presentan, por ejemplo, la Odisea y la Eneida). Esto, según dice Lewis, se aparta plenamente de la promesa cristiana de la resurrección de la carne. Es, incluso, el mensaje angular del cristianismo. Si no hubo resurrección vana es nuestra fe, vino a decir san Pablo. Señala Lewis que, en gran medida, la primera predicación cristiana es realizada por testigos oculares de este prodigio que aún vivían en la segunda mitad del siglo I d. C. Esto puede explicar la redacción relativamente tardía de los Evangelios, ya que lo importante era dar testimonio de la Salvación traída al género humano por el Primero de los resucitados (el arte occidental, renacentista, y sobre todo, barroco, nos ofrece un bella colección de cadáveres relacionados con la Pasión, pero muchas menos imágenes -y convencionales- del Adán de esa nueva carnalidad misteriosa). Ahí va un poema dedicado a mi buen amigo Fernando, viejo compañero de inquietudes vitales. Lo he escrito en tetrámetros (lo sé, José Manuel, lo sé) dispuestos en octavas reales asonantadas, estrofa que no había frecuentado nunca -influencia, creo, de mi lectura de Mil años de poesía europea, de Francisco Rico, excelso libro en su doble variante de antología de poetas y traductores-.


RESURRECCIÓN




Las horas fluyeron inmisericordes.

La tierra que empapóse de sangre

se cubre del polvo que llega de golpe

tras el viento que arrastra los ayes.

Las malas nuevas corrieron veloces,

desilusión de pasiones inanes.

Seguían la vida y la muerte su curso,

bajo anuencias de viejos adustos.



La sábana inerte, las lúgubres moscas,

el triste jadeo de la comitiva

que avanza, y huye de sí, presurosa

hasta el sepulcro de piedra corrida.

Su cuerpo arrasado quedó entre sombras:

Un inocente que a otros dio vida.

Su epitafio sería el de tantos

que a cambio de nada se sacrificaron.



El escarabajo y el caracol

dormían su sueño de podredumbre

en la húmeda tumba sin sol;

la noche enredaba sus certidumbres.

Al cabo, el aire en suspenso quedó,

y el abismo del tiempo llenóse de luces.

Se hizo luciérnaga aquella mortaja,

capullo intacto que hueco quedara.



Gloriosa primicia de los resurrectos,

cuerpo que es y no es, de la muerte

por siempre librado, inmune a sus ecos,

dulce amigo que todo lo vences,

flor de Creación renovada en lo eterno,

¡líbrame de la angustia que llegue!

¡déjame que estreche tus manos,

que ahuyentan las sombras de cielos cansados!







No hay comentarios: