MEMORIA MÉTRICA

Miscelánea del poeta y traductor José Miguel Domínguez Leal

domingo, 8 de noviembre de 2009

LA ROMA DE LOS POETAS

En el ABCD encuentro una entrevista de Antonio García Berrio a Guillermo Carnero sobre su libro "Noches romanas". Éste explicita su relación con la ciudad: "He venido a Roma muchas veces, y me ha hecho sentir siempre la misma emoción. Es una ciudad en la que se camina con angustia sobre la evidencia del tiempo; una ciudad que se ha destruido y devorado a sí misma muchas veces, cuyos restos han sido digeridos interminablemente a lo largo de los siglos [...]". Ante esta declaración, Berrio estima necesario expresar sus "diferencias emotivas" con Carnero: "Para mí, de entre todas las ciudades fundamentales de Europa, Roma es la que me inspira, curiosamente, más serena reacción ante el tránsito y el final de los tiempos absolutos [...] las piedras, la esencia espiritual construida de Roma, permanecen como testigos intactos de las vidas individuales". En mis visitas a la ciudad he rozado ambos sentimientos al mismo tiempo. Se es allí, ciertamente, más consciente de la entraña y, por así decirlo, de la "materialidad" del tiempo, que, para mí, en contra de Carnero, no se manifiesta en forma de destrucción y depredación, a imagen de Cronos, sino en la superposición de capas, que en muchos lugares crea una atmósfera muy peculiar; y ese sereno espíritu de piedra amasado en tiempo moroso (imposible de hallar, por ejemplo, en la bella -pero fría- parafernalia laica de París, que no deja de estar anclada en lo decimonónico) me parece lo más cerca que puede sentirse uno de la eternidad, entendida como añoranza de un tiempo absoluto concebido a la manera humana.


ROMA



Sorda marea de rocas constantes,

rúbrica inversa de sórdida siembra,

donde el futuro es pasado creciente;

por entre capas de tiempo solemne

respiras un aire que piedra se sueña.



HÉRCULES CAPITOLINO



Recorro el museo y su vocación de almacén del pasado,

que obvia la angustia que causa el espacio

menguante. El bronce dorado del Hércules capitolino

brilla en sus ojos de viejo demonio desenterrado.

Mudo testigo de grises atardeceres, de sombras

fugaces, ajenas quizás al tiempo que las alargaba,

me ignora sin ironía sobre este altar impostado.





2 comentarios:

Antonio Serrano Cueto dijo...

No sabía que tenías un blog. Te enlazo en el mío para poder seguirte mejor. Un abrazo.

José Miguel Domínguez Leal dijo...

Muchas gracias, Antonio. Es un placer seguir tus Silenos.